“Todo por servir se acaba”. Es una frase que frecuentemente se ha escuchado referida tanto a objetos y maquinaria como al cuerpo masculino. Y es que, para la identidad masculina, el cuerpo es vivido como un instrumento de trabajo.

En general, el autocuidado, la valoración del cuerpo en el sentido de la salud es algo casi inexistente en la socialización de los hombres. Al contrario, el cuidarse o cuidar a otros aparece como un rol únicamente femenino.

“Hasta donde el cuerpo aguante”. Los hombres hablan de “el” cuerpo y no de “mi” cuerpo, como si fuesen tan solo ocupantes de ese instrumento. Ver al cuerpo como instrumento podría ser típico de los sectores subalternos en donde el trabajo y la fuerza corporal son centrales para la sobrevivencia. Sin embargo, revistas como Men’s Health, dirigidas a los miembros de la masculinidad hegemónica, también enfatizan al cuerpo como algo que tiene un “manual del dueño”, con “guías de mantenimiento” para “maximizar tu máquina”.

Como conclusión inicial, la salud y el autocuidado no juegan un rol central en la construcción de la identidad masculina. Revisemos ahora el eje contrario: la forma en que la identidad masculina influye en la salud. El inventario de problemas de salud masculina donde el género determina, influye o interviene sigue ampliándose. A pesar de que las estadísticas de las últimas décadas han presentado una sobremortalidad masculina importante y creciente, esto apenas era problematizado por la epidemiología. Es muy reciente que empiece a enfocarse la mayor mortalidad masculina asociada a problemas de corazón, a ciertos tipos de cáncer (pulmón y próstata) y, sobre todo, la enorme mortalidad debida a muertes violentas: homicidios, accidentes y suicidio. Mención aparte merecen las adicciones, en especial el alcoholismo.

Por otro lado, en los hombres están especialmente presentes: la noción de invulnerabilidad, “a los varones nunca les pasa nada”; la búsqueda de riesgo como un valor de la propia cultura, reforzado por los medios masivos, especialmente en los hombres jóvenes; la creencia de que la “sexualidad de los hombres es instintiva y por lo tanto es controlada” y por lo tanto, de poco serviría tratar de normarla, encausarla o de socializar a los varones en conductas preventivas, a través de los servicios de salud.

Lo anterior se ve fortalecido con las dificultades que tienen los varones de verbalizar sus necesidades de salud: los hombres, en general, no hablan de sus problemas de salud, porque constituiría una demostración de debilidad, de feminización frente a los otros y otras. Ello denota una feminización de la noción de cuidado de la salud.

La imagen que tienen los hombres de los servicios de salud, según un estudio reciente, es que estos son para ancianos, mujeres, niños o para enfermos. Y los varones consideran que no caen en ninguna de esas categorías, por lo tanto, les son ajenos.

de Keijzer, B. (2006). Hasta donde el cuerpo aguante. Revista la Manzana, 1. http://www.estudiosmasculinidades.buap.mx/paginas/reporteBenodekeijzer.htm