En las esculturas primitivas del cuerpo humano, las representaciones no se correspondían a las proporciones anatómicas reales sino a la expresión emocional o a remarcar funciones reproductivas. Fueron los egipcios quienes aplicaron una relación matemática a las medidas del cuerpo humano estableciendo el canon modular y utilizando el puño como módulo de repetición. En el imperio egipcio, los cuerpos armónicos de un individuo adulto debían tener 18 puños (desde los pies a la mitad de la frente, sin contar el pelo) que debían estar repartidos proporcionalmente: la cabeza correspondía a dos puños, diez desde los hombros a las rodillas y seis de las rodillas hasta los pies. Esas proporciones también las aplicaban a los monumentos que construían, como hizo el arquitecto Le Corbusier en los años 40 del siglo XX con el «modulor». Le Corbusier alineó a la proporción aúrea las reglas de la justa relación (de la totalidad se puede deducir una parte y de una parte se puede deducir la totalidad) y aplicó a la arquitectura el diseño estético y funcional de la proporción del cuerpo humano.

El canon es un término de origen griego que significa la regla. En anatomía humana indica las proporciones ideales, casi perfectas, del cuerpo humano. Son proporciones que reflejan armonía y que se equiparan al canon de belleza que conocen bien los cirujanos plásticos y los médicos especialistas en estética. Pero el canon es una regla convencional e histórica que ha evolucionado a lo largo de los siglos. Los griegos utilizaron el canon artístico modular utilizando la cabeza como módulo y estableciendo el canon antropométrico estándar de 7 y 1/2 cabezas que heredaron de los egipcios. Polícleto describió el «Kanon» de 7 y 1/3 cabezas que también utilizó Fidias en el periodo clásico (490-334 a.C.). En el periodo helenístico (334-30 a.C.), Praxíteles y Lísipo adoptaron el canon antropométrico heroico de 8 cabezas que pasó a la civilización romana y a los artistas del Renacimiento.

Leonardo da Vinci, con gran interés en la arquitectura, en 1490 modificó el canon de Vitruvio (arquitecto del siglo I a.C.) y definió el «hombre de Vitruvio» con 8 cabezas en el que la longitud de los brazos extendidos es idéntica a la altura del individuo y cuyo centro es el pubis. Cada brazo corresponde a 3 cabezas, cada pierna a 4 cabezas y la distancia entre el ombligo y la punta de los dedos de la mano es la misma que del ombligo a la planta de los pies. Su contrincante Miguel Ángel también conocía la anatomía humana de superficie siendo el David un ejemplo sensacional de dominio del canon de 8 cabezas (excepto la gran mano derecha, que representa el poder de la familia Medici y Florencia). Sin embargo, Alberto Durero, gran teórico de la proporción humana, añadió un módulo más, 9 cabezas, estilizando los cuerpos de sus representados.

Estas proporciones que se alcanzan en el adulto, no lo son desde el nacimiento hasta pasada la pubertad. El ser humano nace con una cabeza de gran tamaño, sobre todo la parte posterior que aloja el sistema nervioso central y el cerebro. Por ello, las proporciones anatómicas de los infantes varían a medida que crecen hasta alcanzar la etapa adulta. A los 2 años, el canon es de solo 5 cabezas (en lugar de 8), las piernas corresponden a dos cabezas y el centro geométrico es el ombligo. A los 6 años, el canon corresponde a 6 cabezas, el centro geométrico está por encima del pubis y las piernas no llegan a 3 cabezas. A los 12 años, el canon corresponde a 7 cabezas, el centro geométrico está por encima del pubis y las piernas son todavía más cortas que en el adulto (no alcanza 4 cabezas). Al cumplir años, la cabeza, proporcionalmente, crece menos y el cuerpo se estiliza.

Es interesante indagar en qué proporción encajamos cada cual.


Autora: María Trinidad Herrero

Fuente: Herrero, M.T., 2020. Cuerpo humano, matemáticas, canon y armonía: de los egipcios al <<modulor>>, [online] Disponible en: https://www.laverdad.es/ababol/ciencia/anatomia-vida-salud-20201130212419-nt.html [Fecha de acceso 18 mayo 2021].