El ciclo vital humano está cada vez menos determinado por aspectos genéticos y biológicos y, sin embargo, está más relacionado con aspectos sociales y ambientales. La forma de vida, los medios económicos y el ambiente sociocultural definen la forma de vivir saludablemente, pero también la posibilidad de enfermar. Se ha sugerido que para disfrutar de una vida alejada de enfermedades, el código postal es más importante que el código genético: el espacio donde vivimos y el aire que respiramos definen la calidad de vida desde antes de nacer (nos lo transmite nuestra madre), y es determinante para un envejecimiento digno. Esta aseveración no es moderna. Estos mismos términos pueden leerse en documentos de hace 2.500 años en la obra ‘Aires, Aguas y Lugares’ de Hipócrates (denominado padre de la Medicina) o en la ‘Historia’ de Heródoto. Ambos sabios predicaban la importancia que los factores territoriales o el clima tienen para la salud humana. Más recientemente, en 1974, el ministro de Sanidad de Canadá (Marc Lalonde) emitió un informe sobre el impacto que habían tenido diversas medidas de inversión sanitaria en su país. El ‘informe Lalonde’ concluía que la salud o la enfermedad no solo están relacionadas con los factores biológicos (código genético) o con los agentes infecciosos, sino que la mayor parte de las enfermedades son directa o indirectamente dependientes de factores socio-económicos y ambientales. Estos hechos son más evidentes en el proceso de envejecimiento. Existe un gradiente de salud de los ancianos relacionado con la escala socioeconómica: la salud de un grupo es peor que el que tiene por encima y mejor que la salud del que tiene por debajo.

Adicionalmente, el aumento exponencial de la población humana durante los últimos cien años ha cambiado la forma de vida de la mayor parte de las comunidades en todos los países. El fenómeno del éxodo rural y la creciente e imparable urbanización han hecho que más de la mitad de la población del planeta esté masivamente concentrada en las ciudades. Si bien «las ciudades son centros de civilización» entendidas como germen de desarrollo económico y de progreso cultural y social, las ciudades también tienen aspectos negativos como la contaminación, la degradación del medio ambiente, la falta de espacios verdes o el deterioro de las infraestructuras, de los servicios o del patrimonio de viviendas. Estos hechos son más graves cuando afectan a personas en riesgo de exclusión. Naciones Unidas (Hábitat) propugna el desarrollo urbano sostenible y eficiente indicando que las ciudades deben estar no solo bien planificadas sino también procurando viviendas adecuadas en las que, además del abastecimiento de agua, la energía y el saneamiento, se garanticen los servicios básicos adecuados a todas las edades. Y se han de proteger los derechos de los grupos vulnerables. En nuestra sociedad hay diversos colectivos vulnerables, pero quisiéramos centrarnos en las personas mayores. La realidad nos muestra que la mayor parte de las personas mayores de 70 años tienen insuficiencia de recursos con falta de infraestructuras adecuadas a sus características fisiológicas, con aumento de la pobreza y creciente sensación de inseguridad, de vulnerabilidad y de dependencia. En el año 2025 (en 5 años) en el mundo vivirán 1.200 millones de personas mayores de 60 años (que en 2035 tendrán más de 70 años) siendo un fenómeno imparable que irá ‘in crescendo’. Ya no es solo necesaria y preceptiva la sanidad universal, también las viviendas y los espacios públicos son decisivos para asegurar que las personas mayores puedan seguir siendo saludables, activas y participativas. Y, sobre todo felices, viviendo los últimos años en plenitud y con dignidad. Los ancianos tienen derecho a viviendas adecuadas con el fin de preservar la salud durante todo el ciclo de la vida humana. Sin embargo, las predicciones indican que la mayor parte de estas personas vivirán en ciudades que no estarán totalmente adaptadas a sus necesidades.

En los países más industrializados del planeta (entre los que nos encontramos), el fenómeno del envejecimiento de la población no es un hecho aislado, sino que está esencialmente unido a otras tres realidades: la globalización, la urbanización y el cambio climático. La combinación de estas cuatro circunstancias propició el desarrollo de la Gerontología Ambiental, una especialidad que puso de manifiesto que el envejecimiento se acelera por condicionantes medioambientales y socio-espaciales. Por tanto, si las ciudades quieren ser lugares saludables y atractivos para vivir, los gestores políticos deben adaptarlas (de forma acelerada) para cuidar del bienestar de los ancianos de todas las clases sociales. Esperemos que la concienciación social, los poderes fácticos y los gobiernos actúen con políticas sociales vanguardistas y renovadoras, que apliquen ventajosamente las nuevas tecnologías y, así, se adelanten a las predicciones rompiendo los presagios más aciagos.


Autora: María Trinidad Herrero

Fuente: Herrero, M.T., 2020. Personas mayores y medio ambiente. La Verdad, [online] Disponible en: https://www.laverdad.es/opinion/personas-mayores-medio-20200118004008-ntvo.html [Fecha de acceso 21 abril 2021].