Los roles de género siguen suponiendo un factor de riesgo en mujeres para el desarrollo de dolencias de salud mental y su impacto no puede ser analizado sin poner en el centro la discriminación y violencia que sufren las mujeres, tal y como recoge la OMS, haciéndose fundamental un enfoque integrado de género en el análisis del impacto y los riesgos de salud ante la pandemia por Covid-19.

Un estudio internacional ha revelado cómo los roles de género podrían estar en la base de la adherencia diferencial entre hombres y mujeres a las prescripciones de autocuidado y salud frente a la Covid-19. El estudio “Diferentes respuestas al estrés, las prácticas de salud y el autocuidado durante el bloqueo de COVID-19: un análisis estratificado”, realizado por el grupo que lidera Elkin Luis, fue llevado a cabo a partir de 1082 participantes pertenecientes a España, Chile, Colombia y Ecuador durante los primeros encierros de cuarentena.

Desde una perspectiva salutogénica, es decir, centrada en cómo mantenemos los índices de salud más que en la búsqueda de los orígenes patogénicos, se ha buscado trascender el punto de vista que pone el foco en los factores individuales de riesgo para situarse sobre los factores sociales y estructurales que condicionan nuestros índices de salud.

La actual epidemia ha llevado a la prescripción de pautas centradas en el autocuidado no solo para reducir el riesgo de contracción y propagación de la infección, también para reducir factores que pueden ser desencadenantes o agravantes desde el punto de vista de la salud mental, como el estrés o la ansiedad ante el aislamiento y los problemas económicos, entre otros. Como ha sido documentado en diversos estudios, la cuarentena ha supuesto una mayor prevalencia de síntomas como la depresión o la ansiedad. Sin embargo, estas prescripciones centradas en el ejercicio físico, dietas saludables o mayores medidas higiénicas se han visto altamente condicionadas en función de la edad, el sexo, la etnia o la situación socioeconómica.

El estudio, que comprendía edades desde los 18 a los 95 años (43,9 años de media) y una distribución por sexo de 50,9% (551) mujeres y el 49,1% (531) hombres, con características sociodemográficas similares en todos los países, que los índices de estrés han sido mayores para las personas adultas menores de 35 años, las mujeres y las personas que se encontraban en situación de desempleo o en condiciones altamente precarizadas.

<<Las mujeres jóvenes muestran más niveles de estrés que las mujeres mayores y los hombres de cualquier edad>>

En particular, se revela que las interacciones más significativas se dan en la intersección de género con la edad, mostrando mayores niveles de estrés en mujeres jóvenes frente a mujeres de mayor edad y frente a hombres de todos los rangos de edad. En una relación inversa, fueron los hombres más jóvenes los que mostraron una percepción de mayor gravedad ante la epidemia, solo superados por las mujeres de edades más avanzadas. En cuanto a la adherencia en las prácticas de autocuidado, contando con divergencias entre países para rangos de edad y la conciencia de salud, se extrae en general una mayor adherencia de las mujeres en actividades de autocuidado pero, entre 18 a 59 años, las mujeres alcanzaron niveles más bajos que en el caso de los hombres para edades correspondientes.

Controlando el resto de variables, las mujeres del grupo de edad más joven sufrieron mayores niveles de estrés, tuvieron menor adherencia a las pautas sanitarias y menor conciencia sanitaria. Sin embargo, en términos generales han sido las mujeres las que mayor movilización de prácticas de autocuidado y rutinas saludables han desarrollado, sobre todo en el caso de mujeres de edad más avanzada.

En definitiva, veríamos como los roles y mandatos diferenciales de género conllevan una distinta percepción sanitaria y respuesta al estrés, así como una distinta adherencia a las pautas de salud y autocuidado. En particular, la asunción y puesta en práctica del rol de cuidadoras junto a las exigencias laborales y sociales en conjunto que sufren las mujeres, las coloca en una posición de mayor vulnerabilidad ante la infección y ante las afecciones de salud mental. Por un lado, se debe a la traslación de la división sexual del trabajo del ámbito privado o doméstico al público, y que se constata en la segregación ocupacional por géneros en el mercado laboral dando como resultado una mayor prevalencia de mujeres en los sectores sanitarios, sociosanitarios o más precarizados y que han estado en primera línea durante la pandemia. Por otro lado, los efectos de la cuarentena y todos las consecuencias sociales y económicas que se derivan de ella caen sobre una situación psicosocial que de por sí conlleva mayores cargas de estrés y problemas de salud mental para las mujeres.

En este mismo sentido podrían atenderse a las diferencias que se muestran por rangos de edad entre mujeres, aumentando la carga de cuidados emocionales y físicos conforme avanza la edad. Esto responde a una mayor internalización del mandato de género que ser en función, por y para la atención de los demás, aumentando con ello los recursos, estrategias y herramientas que movilizan en su día a día y en especial ante una situación de emergencia sanitaria.